<<AVISO: Esta entrada pertenece a la clase de El Camino de Santiago>>

Con el desayuno devorado, me separé de los otros alumnos --todos nosotros peregrinos temporales-- en el pueblo de Belorado. Debía de haber sido las 7:30-8 por la mañana, como mucho.

Fui buscando agua de una fuente, agua potable desde luego. Lena nos había avisado que las fuentes en el Camino avisan cuando el agua NO sea potable, pero os puedo asegurar que había algunas fuentes que  vi durante el primer día de nuestro tramo donde ponía <<Agua no potable>>.

Por eso cuando localicé una fuente cerca de lo que parecía una glorieta muy <<-eta>> (es decir pequeña) al lado de la Plaza Mayor, busqué alguna señal de su potabilidad potencial, pero no había nada. Supuse que era potable pero no estaba seguro.

De pronto llegó un hombrecillo, bajito, flaco y de unos 60 años, pasando por la zona de la glorieta.

--Perdón --le pregunté, señalando la fuente--, ¿es agua potable?

Me lanzó una mirada furtiva, dijo bruscamente --Sí joder-- y siguió andando.

Así tal cual, sin coma ni pausa.

No sé si mi aspecto le fastidió o si ya había tenido una mañana (o incluso noche anterior) fatal. O quizá hubiera visto tantos peregrinos en su vida que al vernos le hartaba al instante.

No lo sé.

Pero sí sé que él jamás me va a recordar, y que nunca me olvidaré de él y sus dos palabras sucintas que iban directamente al grano.