Un viernes reciente por la noche, sobre las ocho, entré en el supermercado para comprar comida para el fin de semana. Cogí unas piezas de fruta, carne picada... y me encontré por la sección de verduras, justo detrás de un hombre que estaba buscando una buena cabeza de brócoli. Los brócolis estaban ubicados en un rincón y el hombre era para mí, de repente, un claro y ancho obstáculo para lo que quería, las espinacas, las cuales estaban en la estante de encima del brócoli. Unos 20 segundos pasaron; me eché un vistazo a la muñeca. No llevo reloj. El hombre no me hacía caso ninguno, muy metido en su propia búsqueda. Otros 30 segundos pasaron y me parecía que este tipo estaba inspeccionando todas las 20 cabezas de brócoli, una por una, con el fin de encontrar la cabeza perfecta.

De repente, el hombre se dio la vuelta y me miró con un aire sospechoso, como si yo quisiera robarle o, por Dios, darle prisa. Tenía el cráneo medio calvo, llevaba unas gafas gruesas y negras y parecía un poco jorobado. (Supuse que este último detalle tenía mucho que ver con el hecho de que a menudo se inclinaba así para verificar la textura y calidad de todas sus compras.) Se metió otra vez a encontrar la cabeza perfecta y, otra vez, pasaron unos quince segundos. Soy un hombre bastante paciente con respeto a la comida; sé muy bien la importancia de encontrar una verdura perfecta para la alimentación necesaria y sabrosa. De hecho, el brócoli es una de las verduras mas importantes para el cuerpo y es, por cierto, una de mis favoritas. Pero ya tenía un buen brócoli en la nevera en casa, lo había comprado el día anterior y lo que me hacía falta en ese momento era una bolsa de espinacas frescas y lavadas. Lo que no tenía, o sea, lo que se me estaba acabando en ese momento dado era la paciencia. No pude más y me metí a su lado, dije: "Disculpe" y extendí la mano delante de él para coger una bolsa de espinacas cualquiera.

Estábamos tan cerca que casi nos chocamos. Él paró y me miró; en consecuencia, yo le miré a él. Durante un segundo, todo el mundo del supermercado se paralizó y solo existió este enfrentamiento entre este cuarentón  y yo. Me di la vuelta, tiré la bolsa en la cesta y salí andando, un poco perplejo por lo que exactamente me había pasado.

Él siguió en búsqueda de la cabeza de brócoli mágica en todo Madrid y yo seguí hacia la sección de vinos.