Aún esperando a que parpadee la luz roja, se me ocurre una reflexión: si miro atrás, hacia todo mi pasado extenso personal en Madrid, me pregunto ¿dónde he estado? y ¿por qué me ha costado tanto tiempo a llegar a este punto? Este espacio es ideal para escribir, estudiar, leer y pensar: un universo distinto a los bares nocturnos donde he gastado mucho de mi pasado aquí. De hecho, la biblioteca es todo lo contrario. Los bares son de noche, oscuros, ruidosos y lleno de humo, sonrisas de placer, del momento (que suelen venir del lubricante social que es el alcohol) y muchas conversaciones banales (es decir, lo opuesto de lo intelectual) ; en cambio, las bibliotecas son de día, bien iluminadas, silenciosas, sin humo y carentes de sonrisas ni conversaciones. Una vez terminado este máster, me gustaría seguir frecuentando las bibliotecas, esté dónde esté.
El tipo llega al pupitre 130, se sienta. -Perdón -le susurro, inclinándome hacia él para no tener que levantarme la voz-, estoy esperando a que la bombilla se encienda. Ud. está en el pupitre 130 y su tarjeta es de 136. Tengo el 130 y por eso espero la bombilla-. Me mira un poco confuso, entrecierra un ojo hacia la bombilla donde debajo pone la etiqueta de los números y me dice en voz baja, -Joder, disculpe. Pensaba que éste era el mío- . Trato de explicarle que no me importa, que sólo estoy aquí esperando la bombilla y que cuando se encienda, iré para recoger el libro y que se puede quedar aquí. Pero el tío me niega con la cabeza y mueve sus cosas al pupitre asignado. Le agradezco y él asiente. Muevo mis cosas al 130 y justo cuando todo está bien puesto- en ese momento exacto- la bombilla parpadea, como si fueran los dos actos sincrónicos.
Cojo la tarjeta, me acerco al mostrador, se la doy a la chica que está detrás, me entrega el libro titulado Las reliquias del camino y vuelvo a sentarme. Lo abro y veo que es un libro de poesía. -Carajo-, pienso. Busco información sobre las reliquias del Camino de Santiago, no los pensamientos de un desdichado poeta que quiere convertir cualquier escena en un mundo esplendido, doloroso o, en cualquier caso, hiper sensato.
Dejo de hojear el libro, y las páginas se me quedan abiertas con el dedo indice, página 48, sobre un poema titulado: En el silencio de la biblioteca. Lo leo con un interés sospechoso y desgraciadamente no es un poema excepcional. Se trata de un día veraniego y perezoso en una biblioteca en Andalucía. El poeta contempla el polvo de los libros olvidados en las estanterías y los bostezos de los viejos que investigan a su alrededor en la hora de la siesta.
Bostezo yo.
Contemplo la posibilidad de volver a buscar información, pedir el libro y repetir todo este proceso interminable, pero no. Ya llevo casi tres horas aquí y otro día, con más tiempo, me pondré a pasar unas horas más provechosas. Para venir a la BN, hay que calcular cuatro horas al proceso; con menos tiempo, no merece el esfuerzo y la paciencia de los momentos preciosos de la vida.
¡Qué triste! Después de disfrutar con tus reflexiones sobre la belleza del mundo de las bibliotecas y todo el potencial que encierran..., resulta que ir a la BN viene a ser como ir a las urgencias de la Seguridad Social. Vas porque necesitas algo para sentirte bien, tienes toda la necesidad y esperanzas del mundo... y como mínimo esperas CUATRO HORAS, ¡qué desalentador!, ¿será ese el objetivo?
¿Cuántas veces nos ha pasado algo así? Allí estamos, nos sentimos muy importantes y decide entonces el mundo hacernos una burla. Me he disfrutado mucho en leer las reflexiones y la ironía me da risa, aunque fuera un momento sin mucha risa para tí, seguro. Aspiro, algún día, a entrar en la BN, aunque sólo fuera para decir que lo he hecho. Y quizás no debo esperar más que la entrada, jaja...